Cuentos y relatos: Valores

Pasó un largo tiempo desde que don Braulio había dejado su familia para irse a morar con el Señor.

CUENTOS Y RELATOS

Don Braulio, un hombre respetuoso de las buenas costumbres, amable y guardián de la familia, vivía a unas dos leguas del pueblo más cercano, amaba estar en su casa, cuidar de los animales, prefería que otros hicieran las tareas pueblerinas, algo que él consideraba que era cosa de los hijos por ser más jóvenes, según decía, era perder el tiempo.

El campo dónde el residía tenía la particularidad de tener un arroyo serpenteante con un pequeño declive cosa que hacía que el agua siempre corriera. Un placer, único esparcimiento para el buen hombre, sentarse en la orilla, mirar fijo, con el pensamiento en quien sabe qué momento de su vida tan apasionada, como cada palabra que dejaba escapar en voz alta a esas aguas. Por ahí dejaba escapar una gotita lastimera de los ojos, pero esbozando al descuido una pequeña sonrisa.

Un amor imposible lo transportaba a momentos taciturnos y solitarios; le gustaba pensar en ella, en sus encuentros, ¡tanto había pasado! Sin embargo aquella mujer de ojos del color de la tierra, los había clavado en los suyos, tan azules como el mismísimo cielo. Ese arroyo era el único confidente y así aliviaba el alma.

Simón siempre lo acompañaba y parecía, con su postura, respetar la tristeza de su amo.

Y así pasaban los días, y en total tranquilidad después de las tareas, enfilaba muy despacio hacia el arroyito, y casi cayendo la tarde noche, regresaba a la casa, donde sus hijos lo esperaban con ansiedad para los cimarrones compartidos y entre charlas, chistes, risas de los jóvenes, volvía a la realidad.

Sus hijos eran los únicos y reales amores, él les había demostrado con actitudes las cosas buenas del ser humano, sus hijos eran el más preciado tesoro, esos tres varones que habían concebido con Ramona (ya ausente) mujer simple de pocas palabras, buena compañera y madre; siempre pensó que la vida le había concedido ciertas bondades que debería saber sostener.

Y pensó. Aquel amor del pasado, eso fue otra cosa, pruebas del destino, tal vez, para él, como buen hombre, para que conociera el amor en todos sus límites, y así lo vivió y así lo conservó para sus adentros, dándole gracias al Señor por ese regalo.

Como dije al comienzo, había pasado bastante tiempo de que Braulio partiera, el tiempo necesario  como para que sus hijos fueran amainando el dolor muy de a poquito. La ausencia no era tal, su padre estaba siempre cerca, la enseñanza que les dejó estaba latente en ellos. Don Braulio pidió cremación y así él descansaría en su arroyo querido.

Entonces fue ahí que lo notaron Simón desaparecía algunas horas, comía poco y se veía muy apagado, ya no ayudaba con los animales, siempre echado bajo la sombra de un árbol, como buscando la caricia protectora o agradecida.

El menor de los hijos de Braulio, el más sensiblero en cuestiones de animales y de todo aquello que signifique ausencia, una tarde noche decidió seguir a Simón y sí, lo imaginó: estaba sentado en la orilla del arroyo con las manitos en cruz y su hocico apoyado en ellas y una lágrima mojaba a otra lágrima seca que nacían de los ojos de ese fiel perro. Simón.

                                                                      Norma Morell (Arroyo Dulce)

(normamorell@hotmail.com)

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