Cuentos y relatos: Tristeza líquida

El instinto animal de supervivencia de alejarse de lo que te hace mal, de lo que tarde o temprano te va a matar. Correr. Huir. Escapar.

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Mariano pensaría más tarde que el impulso de dar un portazo y subirse a un auto para dejar todo atrás, era tal vez el más silenciado de todos los impulsos. La fantasía más imaginada y reprimida. El instinto animal de supervivencia de alejarse de lo que te hace mal, de lo que tarde o temprano te va a matar. Correr. Huir. Escapar.

Eso lo pensaría después, cuando la adrenalina cediera y pudiera pensar porque esa mañana de lunes soleada y ventosa Mariano solo pudo sentir el envión de su mano y el trueno de la puerta que rebotó varias veces contra el marco de madera.

Se subió al auto, puso primera y empezó a putear. Todavía le retumbaban en la cabeza los insultos, las verdades que duelen y el desamor. Muchas cosas podría haberle dicho.

Muchas más de las que le había dicho pero la mayoría se le habían ocurrido después de subirse al auto. ¡Qué bronca que le daba! ¡Qué elocuente que sonaba mientras se escuchaba decirlas en voz alta! ¡Cuánta razón tenía! Y tener razón era todo lo que le importaba.

La bronca le sirvió para no volver. Al principio la ira y los motivos se parapetaron a la salida de los sentimientos y bloquearon a la angustia, la tristeza y la pérdida.  Protestó en voz alta durante dos horas. Meneó la cabeza a intervalos regulares durante el mismo período de tiempo. Y siguió.

Escuchó bocinas, se le cruzaron perros, pasó semáforos en rojo y en uno frenó. Un nene de unos ocho años apareció zigzagueando entre los vehículos y se plantó junto a su cara. El vidrio los separaba. El vidrio y una vida. Afuera una persona sin enojo, sin alegría y sin tristeza. Sin esperanza y acostumbrado. Adentro, Mariano que estaba enojado y ni lo miró.

Al nene no le importó y siguió con la misma cara de no esperar nada hasta el siguiente auto. Una señora sonriente, pero no tanto, bajó diez centímetros la ventanilla y le entregó diez pesos. Al nene no le importó y siguió con la misma cara de no esperar nada hasta el siguiente auto. Y al otro. El semáforo se puso en verde. Mariano arrancó y siguió. Y siguió. El nene también.

Recién cuando estuvo en la autopista se dio cuenta de lo que había hecho y le dio mucho miedo. ¿O era otra cosa? De no haber estado en la vía rápida habría buscado la primera salida para pegar la vuelta. ¡Qué miedo le dio! O lo que sea…

Y sonrió por primera vez en ese lunes soleado y ventoso. Se acordó de Cortázar y pensó que si alguna vez se animaba a escribir empezaría por “Instrucciones para irte de tu casa”. Lo primero que pondría sería: “Asegurarse de estar en la vía rápida de una autopista congestionada para cuando se te empiece a pasar la bronca”. Sonrió de nuevo.

La velocidad de los autos que lo rodeaban lo empujaba a seguir adelante. Arriba de esa cinta gris no había lugar para las dudas. Prendió la radio. En un momento se puso a cantar a los gritos. Había olvidado cómo sonaba su voz desafinada al retumbar contra los vidrios del auto. Su voz sola.

La autopista desembocó en una ruta sinuosa y atrevida con lomas, árboles y campos de colza. Mariano bajó la ventanilla y suspiró hondo todo el perfume de los viajes en familia. El viento de primavera soplaba fuerte pero no llegaba a ser agresivo. Era de primavera.

¿Será que la tristeza es líquida? ¿Y se va acumulando en algún copón incierto de nuestro pecho hasta que, antes de derramarse, sale por los ojos? Los ojos… ¿serán vertientes o manantiales necesarios para evitar que el copón estalle y los vidrios astillados se te pinchen por todos lados?

En la panza, en el hígado, en el páncreas, en los pulmones, los músculos, las arterias, la garganta. Para eso están los ojos con su salida de escape. Para evitar que te enfermes de tristeza líquida. Y te vuelvas un recipiente de líquido amargo en descomposición con vidrios rotos que te pinchan por dentro.

Todo eso pensó Mariano mientras intentaba frenar con fuerza las compuertas del llanto. Tanta fuerza que su barbilla temblaba y el viento continuaba acariciándole la cara con su olor a viajes en familia.

No le pareció mal la idea de quitarse por fin los pinchazos con los que le gritaban sus vísceras desde adentro.

Se agarró con fuerza al volante, subió el volumen de la música y suspiró.

Cuando terminó de vaciar su cuerpo de tristezas se dio cuenta que tal vez no era tan importante tener razón. El atardecer le pegaba en el centro de sus ojos húmedos y creyó imprescindible detenerse en la banquina.

Para volver.

Rosy Nardi

 

 

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