Cuentos y relatos: El puente

puente
Foto Cortesía-Dáimer-Otálora.

El paisaje es el mismo que verá dos meses después. El mismo puente. La misma corriente oscura bajo su sombra. Solo que ese día estará volviendo sobre sus pasos para rescatarla y entrará al lugar del que con tanto esfuerzo hoy intenta salir. Y descubrirá que ella ya no está. Y llorará al descubrirlo…

Antonio mira el puente. Se alcanza a ver a través de los postigos rotos de la minúscula ventana. Su madre no acostumbra a abrirla. ¿Para qué? Si a la noche hay que volver a cerrarla. Lo mismo pasa con las camas que nunca se ordenan, con los delantales de la escuela que no se lavan y casi ni se usan y con el cariño que nunca se entrega.

Todo es oscuro en ese rancho y Antonio y su hermana casi están acostumbrados a la luz de la penumbra en la que viven. Salvo por ese rayo que se filtra a través de los postigos. Y el puente. Y la gente que lo cruza, sonriente. Y ellos mismos. Antonio para Lucía y Lucía para Antonio.

Siempre mira el puente y su hermana no entiende esa extraña obsesión. Y lo observa con veneración mientras la aguja de luz se pincha en el centro de su ojo y se refleja como un caleidoscopio por toda la casa.

Eso es su hermano para ella. Alguien que reproduce y multiplica lo mínimo bueno que pueda filtrarse en el lugar que comparten. Él es todo lo lindo que el mundo tiene para ofrecerle. Y lo único. Antonio la peina, la abraza y le hace el mate cocido. Antonio le sonríe y le dice que la quiere. Está viva por él y por él, vive.

– ¿Por qué lo mirás tanto…?

Antonio logra liberarse de sí mismo y la observa. Qué chiquita que es. Tan linda. Sabe que existe un Dios por los ojos de esa niña.

-…al puente? digo- aclara Lucía en un hilo de voz.

Están acostumbrados a susurrar durante el día. La madre trabaja por las noches y duerme cuando todos viven… y ellos, sobreviven. Antonio se agacha, la toma por los hombros con cuidado de no romperla. Ella es tan frágil.

Recorre los brazos escuálidos de su hermana desde los hombros hasta sus dos manos. Las toma entre las suyas y con una seriedad que Lucía nunca había reconocido en su mirada le dice:

-No digas nada, Lucía. Este va a ser nuestro secreto: voy a cruzar ese puente. Hace mucho que espero una mínima opción. Solo necesito eso. Una oportunidad chiquita para nosotros dos. Ayer apareció. Y no la voy a desperdiciar. Dalo por hecho… Pero tengo que asegurarme primero. Y vos te vas a quedar acá. Tranquila, sabiendo que yo voy a volver a buscarte.

Antonio suelta a su hermana que lo mira incrédula, se pone de pie, vuelve a enfocar el puente por el agujero del postigo mientras aprieta el bolsillo de su pantalón. Busca allí la mano tendida de su maestra. Quiere asegurarse de que todavía esté.

Sí, lo encuentra. El papelito que le dejó a escondidas antes de irse el día anterior. Había golpeado la puerta con decisión y después de saludarlos con ternura había exigido hablar con su madre.

– No la podemos despertar, está durmiendo.

La misma delicadeza, la misma firmeza:

– Despertala, Antonio. Decile que no me voy hasta que me atienda. Quiero saber por qué dejó de mandarlos a la escuela.

Con alivio descubre que el papel sigue allí, en los pliegues de su bolsillo que nunca hospedaron un tesoro tan grande. Lo acaricia. Lo estruja. Se aferra a esas letras escritas en cursiva redondas y amorosas. Generosas.

Ese papel tiene la dirección y el teléfono de ella. Se le ocurre la idea de que el único motivo por el cual su maestra puso tanto empeño en enseñarle a leer durante el poco tiempo en el que su madre lo dejó ir a la escuela, fue para que cuando llegara ese momento él pudiera leer su rescate. Pudiera leer que tenía una opción. Que podía cruzar el puente. Que alguien iba a estar esperándolo.

Entonces se decide. Abre la puerta y corre.

Lucía lo mira, cierra la puerta y se sienta tranquila en el colchón desvencijado. A esperar…

Rosy Nardi

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