Cuentos y relatos: La nueva

Cuando ella llegó a la escuela, las puertas y ventanas de mi salón se abrieron y una ráfaga indómita y fresca nos sacudió la modorra con la que la Señorita Carmen nos tenía cautivos.

Era una experta en el abombamiento mental. La muy zorra sabía que la práctica interminable de la regla de 3 simple nos hacía caer en esa especie de sopor robótico y, casi, casi, no podíamos pensar en nada.

Casi. Cada uno de nosotros se las ingeniaba como podía. Gabriel había perfeccionado la técnica asombrosa de dormir con los ojos abiertos. Marita escribía cartas de amor con el dedo índice sobre su pollera a cuadros y Jorge jugaba a adivinar la marca de los autos que pasaban por la calle solo por el ruido que hacían los motores.

Yo estaba a mis anchas porque mi refugio más colorido e infinito era el recoveco más oscuro, gris y pequeño que te puedas imaginar. Un espacio retorcido y viscoso que yo recorría indomable. Libre y alada. Liviana.

Ese laberinto de materia gris alimentaba mis días con aventura. Vidas extravagantes y lejanas se apropiaban de mi existencia y había desarrollado una destreza infalible en abstracción.

Miraba fijamente el pizarrón, con mucha atención durante mucho tiempo y de repente los números se transformaban en símbolos mágicos de códigos secretos que yo tenía que descifrar. Sin saberlo, la Señorita Carmen ofrecía ante mis ojos las historias más locas y atrevidas.

En fin… en eso estábamos cuando “la nueva” abrió la puerta de mi salón y el viento nos abofeteó a todos dejándonos sin otra opción más que mirarla. Me cayó mal. Como solo te caen mal aquellas personas que son capaces de ser y hacer lo que te gustaría a vos. Pero no te atrevés.

No se esforzó para nada en agradarnos. Entró acompañada de la directora, la señorita Miriam. Ella sí se esforzaba por sonreír como si con eso pudiera contagiarla y obligarla a cambiar de actitud. Como si con su sonrisa rectangular pudiera suplir la falta de obsecuencia de la salvaje.

Lo que logró, en cambio, fue un contraste patético que hacía más evidente y magnética la postura hosca de “la nueva”. Se plantó ante nosotros despeinada y mala, con los brazos cruzados y sin bajar la mirada.

Las medias azules estaban hechas un bollo contra los zapatos descoloridos y dejaban al desnudo unas piernas flacas, flaquísimas y transparentes por las que se translucía la red de arterias y venas azuladas que parecían pegadas a sus huesos.

Las tablas de la pollera estaban torcidas. A mí me molestaba mucho ese detalle. Las tablas debían estar alineadas con el centro del cuádriceps de cada pierna.  A ella no le importaba. Y a mí me daba bronca. Y me encantaba.

Descubrimos que tenía aparatos en los dientes, algunos días después. El día que nos habló por primera vez. “Ustedes son una manga de prolijos de mierda” nos dijo. Y nosotros nos enojamos. Y la criticamos. Y la dejamos de lado.

A partir de ese momento la nueva pasaba sus recreos sola. Trepando árboles o escribiendo en los troncos con el compás. Nada parecía inquietarla. ¡Qué bronca me daba!

La distancia entre ella y nosotros era mucha y nos gustaba marcarla. Tanto que nunca nos habíamos preocupado en saber su nombre de pila. Para nosotros era Ramírez. Distante… Ramírez allá lejos y nosotros acá, a salvo. No vaya a ser cosa que nos contagie su diferencia.

Pero esa tarde, la tarde en que habíamos descubierto sus dientes de lata, todos nos fuimos a nuestras casas pensando en esa frase. Pensando en ese concepto revolucionario. Nunca nos habíamos enfrentado a la posibilidad de que el calificativo “prolijo” pudiera tener una connotación negativa.

Y esa idea empezó a rebotar en mi cabeza. Primero despacio y espaciados, dos o tres rebotes por día. Cuando me lustraba los zapatos o cuando mi mamá me hacía doler la cabeza de tanto estirarme el pelo hacia atrás en la cola de caballo. Toc. Toc.

Había días en que rebotaba más, cuando la nueva me miraba con pena al ver que yo sacaba la manzana de la servilleta a cuadros azul y roja que la envolvía. Cuando me cortaba las uñas, cuando me sonreía la maestra, cuando me levantaba las medias, cuando me ajustaba la corbata, cuando pegaba los ojalillos a las hojas, cuando levantaba la mano… toc      toc     toc    toc toc toc…

-Hola, ¿cómo te llamás?

Sentada en el piso de tierra, siguió haciendo su pulsera con florcitas de paraíso y sin levantar la cabeza me dijo:

-Yo sabía que vos eras especial. Me llamo Valeria.

La amé hasta el día que se fue. Y la seguí amando. Se fue a ser la nueva a otra escuela. Y a empezar de cero a desplegar su magia en otro lado.

El tiempo pasó. Mucho tiempo. Pero aún hoy no recuerdo haber recibido un elogio tan glorioso como ese que me dijo mi amiga Valeria. Especial… Mi mejor amiga de la primaria. Quien supo ser “la nueva” para luego transformarse en la primera persona en enseñarme que las cosas y las personas podían ser diferentes.

Y desprolijas. Y aún así, bellas.

Rosy Nardi

 

 

 

 

 

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