La niña de las moras

Espera. Cuánto significa esa acción de esperar. La espera a veces duele, nos pone ansiosos. La espera que está ligada a la imaginación, a los sueños, y el tiempo va pasando reducido en esperas.

LA NIÑA DE LAS MORAS

1948 a 1958. Ya comenzaban mis responsabilidades, muy pequeña, sí. Pero todo me hacía pensar, observar, compartir, ya habitaban en mí los apretones en el pecho.

La escuela y las tareas de la casa eran las preocupaciones de ese momento, tenía que colaborar, también jugar, claro. Yo veía cómo mamá elaboraba dulces o mermeladas en época de cada fruto de estación. ¡Esa mamá! Tan tierna, de estatura baja, delgadita, la veía frágil, sentía que ella necesitaba de mí.

Camino a la escuela en un horario inusual (porque debíamos adaptarnos a la llegada del tren General Belgrano donde viajaban las maestras que llegaban de Pergamino) yo observaba un árbol grande, alto, que tenía un fruto blanquecino.

Me detenía a mirarlo preguntándome ¿qué será? mientras mis primas me llamaban- ¡dale, vamos a llegar tarde! -Oh no, qué horror llegar tarde, no nos dejaban entrar hasta que no terminaran la Oración a la Bandera. ¡Qué vergüenza! de solo pensarlo, paraditas frente a todos, con sus miradas inquisidoras.

Al terminar la clase, nuevamente a observar ese árbol y así por varios días en el que iba notando que sus frutos cambiaban el color de a poco hasta ponerse bien morados. Y alguien dijo ¡son moras! Mi madre hace dulces con ellas. Y se me ocurrió con una gran alegría llevar algunas a casa.

¿Cómo hacer? Estaban tan altas entonces, pero ¡la idea llegó! Las chicas colaboraban y nos trepábamos unas a otras hasta llegar; el guardapolvo blanco servía de canastilla, pero ¿qué pasó? Salió la dueña de casa muy enojada, nunca había visto a una señora con tanto enojo.

Llevé las que pude, pero eran pocas, debía juntar más. Fueron dos veces con la misma respuesta. Dos guardapolvos de color rojo oscuro descansaban dentro de la batea. Qué tristeza la mía, tenía mucho miedo volver, mis primas no me lo permitían y tampoco me querían ayudar más.

Y pensé que no eran valientes, que no les importaba darle sorpresas a su mamá. Yo sí, me dije y decidí hablar con esa señora y me respondió muy seria que volviera al otro día. Y con mi corta edad, pensé ¿y si me encierra o me pega?, tal vez tenga algo preparado para darme un escarmiento.

Pero lo mismo esperé, vaya ansiedad, y al día siguiente fui y ¡oh sorpresa! en una cacerola vieja, un poco sucia, me obsequió un montón de moras. ¡Mamá, mamá, mirá lo que me regalaron, para que hagas mermelada!

Atrás quedó el reto por los guardapolvos. Nunca olvido el abrazo de mamá, un abrazo suave con aroma a te quiero…

1948-2019. Esperar, todavía espero todavía duelen las responsabilidades. Todavía la ansiedad destruye. Pero ahora con cierto cansancio. ¿Hay una razón o alguna regla para la aceptación, para el amor, para ser feliz? ¿Para la espera?

                                                                         Norma Morell

normamorell@hotmail.com

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