Cuentos y relatos: Tormentas en el campo

Tormentas en el campo. Todos los hombres corrían, cada uno por una tarea específica: tapar los marlos, encerrar las vacas, los caballos, ver si las gallinas estaban dentro de sus nidos...

tormentas

Terrible tormenta azotando los campos. Los rayos cruzaban el negro cielo sin importar lo que estaba sucediendo debajo, en la tierra, con su ensordecedor grito, que asemejaba al de hienas en jauría. Los colonos miraban hacia arriba y veían cómo las nubes se retorcían ante la inminente destreza de la Naturaleza.

Las mujeres prendían velas y oraban por lo que podía llegar a suceder. Los animales ya lo venían anunciando durante toda la tarde, con su comportamiento. No hay mejor meteorólogo que los animales para estos casos, los chacareros los observaban en ese ir y venir inquieto.

Todos los hombres corrían, cada uno por una tarea específica: tapar los marlos, encerrar las vacas, los caballos, ver si las gallinas estaban dentro de sus nidos porque generalmente solían dormir arriba de los árboles si es que las tenían sueltas, y llevar al galpón algún que otro objeto de cuidado que estuviera a la intemperie.

Los perros buscaban entrar a la casa para sentirse protegidos. Los chicos se acurrucaban en un rincón esperando el desenlace y se preguntaban, ¿por qué siempre las grandes tormentas suceden a la noche?

Las lámparas a querosene parecían bailar al son del viento, siempre alguna “hendija” atrevida le daba permiso al viento para que se filtrara en el rancho. De pronto alguien grita ¡¡volaron las chapas que tapan la parva!!  Y corrían para ver si podían cubrirla nuevamente, aunque debían afrontar el peligro que representaba.

Y así, entre corridas y tensiones, se desata la lluvia, a veces bienvenida, pero otras no y menos si es tan torrencial y con viento.

Después de estar toda la noche despiertos, llega la bendita luz del día. Y comienza el recorrido para ver los daños que pudo haber hecho la tormenta. Los niños dormían hasta tarde, los adolescentes junto a sus padres “remiendan” alambres, acomodan chapas y levantan ramas caídas, comprueban que cada animal esté en buenas condiciones.

Y a comenzar el nuevo día cansados, sin dormir, callados. Tal vez cada uno con sus propios pensamientos, o con dolor por la cosecha arrasada, o algún animal muerto.

Y ese gesto de preocupación los acompañaba varios días, cosa que los chicos respetaban, pero a su vez también sufrían por la tristeza que rondaba en el rancho. ¡Maldita tormenta! Dijo el colono tirando su sombrero al “suelo” como en señal de descarga de su rabia.

Ahora yo, que narro esta historia, debo decir que cada vez que veo un anciano que vivió en el campo, siento la necesidad de abrazarlo y honrar su temperamento, sus arrugas, sus manos ajadas, su mirada dura y pienso que son como una nuez: duros por fuera y blanditos por dentro, que merecen respeto y en nombre de todos debemos honrarlos.

                                                Norma Morell

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