Cuentos y Relatos – Marilú maravillosa

cuentos y relatos
@mafaldaoficial

-Veo veo

-¿Qué ves?

-Una cosa

-¿Qué cosa?

-Maravillosa

-¿Qué color?

-Color…color…color…

Marilú empezaba a revolear sus ojos saltarines para despistarme. Parecían enormes, pero ahora que lo pienso no eran tan grandes. Era esa inherente capacidad de asombro que despedía su mirada lo que los agigantaba ante mí.

Fue ella la que me enseñó a mirar para arriba. – Mirá … ¿te diste cuenta qué dibujos raros que forman los cables contra el cielo? No. No me había dado cuenta. De hecho creo que nunca había reparado en ese enjambre de líneas negras que poblaban las alturas de las veredas. Y ahí nomás nos tumbábamos panza arriba sobre las mugres de la ciudad a descubrir triángulos de cielo entrecortados por trazos de crayones tiznados.

-Verde tornasolado. Me miraba fijo y me lo soltaba de a poco. Misteriosamente.

¿Verde tornasolado??? Ahí empezaba mi búsqueda eterna de verde tornasolado o de púrpura brillante o de marrón metálico. Marilú tenía colores que nadie más veía.

Y yo tenía el desafío imposible de no decepcionarla. Pero a la larga me daba por vencida. Después de haber hecho mi máximo esfuerzo de creatividad le gritaba entusiasmada: -¡Ese auto que está estacionado en la esquina!

-¿Ese?… ¿Un auto?… El color puede ser pero…¿Qué le ves de maravilloso?

-¿Por? Es verde tornasolado…

– Pero no es maravilloso. Un auto nunca puede ser maravilloso, Cuca. Salvo que tenga alas. O alma. O que sea una Lamborghini.

-Bue… me doy por vencida.

-Ya era hora. La hacés muy larga vos. Pierde ritmo el juego. Ahora ya no está más…

– ¿El qué?

– El picaflor. No sabés lo maravilloso que era. Bien maravilloso y bien verde tornasolado. Te lo perdiste. ¡Qué lástima!

-¡Yo no ví ningún picaflor!

– Eso es porque no mirás para arriba.

Cuando era mi turno también me ganaba. Se daba por vencida enseguida. –Es para que el juego gane ritmo, Cuca. Si no es muy aburrido- Yo develaba el misterio con un grito triunfal:

-¡El picaporte de la puerta de los González!

Eran nuestros vecinos de enfrente y desde el umbral de mi casa donde estábamos sentadas lo teníamos de pechito. Al picaporte oxidado. Me encantaba que no lo hubiera visto. Tal vez se me daba y le podía ganar una. Pero esa cara que me ponía… Esas bolitas marrones que empezaban a picar en sus cavidades oculares. Esas bolitas saltarinas me hablaban antes que ella y el mensaje era muy claro: –No tenés remedio Cuca.

-¡Es ocre latoso! ¡No podés decir que no!- me defendía

¡Pero no es maravilloso! ¡El picaporte oxidado de los González! ¡Por Dios! Si querés te lo doy por ganado. No tengo problema. Pero no cumple con las leyes del juego…

¿Me hacía trampa? Ahora creo que sí. Y me encanta.

Fue poco el tiempo que disfruté de la compañía de mi amiga maravillosa. Dobló la esquina una tarde, como todas las otras tardes, con su andar de pantera rosa enojada y no supe que era la última vez que iba a verla doblar nuestra esquina.

-¡Chau Cuca! ¡Hasta mañana! Andá pensando en cosas maravillosas así algún día me podés ganar –dijo, con su sonrisa sobradora, antes de desaparecer en algún pliegue de la vida.

¿Se acordará de mí? Yo siempre. Cada vez que estoy a punto de conformarme con poco, Marilú me dice con su voz tirana de diez años:

-Cuca, existiendo lo maravilloso…¿Por qué te conformás con menos?

Rosy Nardi

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