Cuentos y relatos: La siesta

La Siesta

¡Aquellas siestas¡ Costumbre de la mayoría de las personas de campo, dormir la siesta, tanto en verano como en invierno (aun muchos mayores lo hacen).

¡Silencio absoluto!  ¡Tengo tantos recuerdos que hoy dibujan una sonrisa en mi cara!

Había que acostarse sí o sí; mi mamá nos prohibía los juegos en el patio a esa hora, entonces llegaba el momento del desafío, ¡escaparse! A jugar en el corredor, o hablar en voz muy bajita y reírnos  de nuestra propia actitud, creyendo que no molestábamos.

De pronto la risa un poco más elevada hasta que papá, alpargata en mano y con voz amenazante ,nos hacia callar e ir corriendo a la cama, cosa que a mi hermana y a mí nos causaba más gracia y más nos reíamos; lejos estaba la intención de dormir hasta que una fuerte reprimenda nos obligaba a estar calladas.

Ya en el pueblo, recuerdo que, en una de las tantas siestas, mamá guardó la llave de la puerta de salida debajo de la almohada, pero ¡teníamos un recurso! Cuando  se entregaba a ese sueño tan esperado y se daba vuelta de costado, ¡a sacar la llave! Muy despacito, eso sí.

Mis amigas me esperaban en el lindero que papá había alambrado, ellas de su lado, yo del mío, y bajo el sol radiante de invierno comíamos mandarinas y “discutíamos” temas.

Nos disputábamos nuestros ídolos, que por supuesto eran también los de nuestros padres. Por ejemplo, el tema preferido y el que más recuerdo, era lo del Turismo Carretera: ellas fanáticas de Marquitos Ciani y yo de Juan Gálvez,.

Claro todo correspondía a lo que escuchábamos en casa, no teníamos otra fuente de información y de esa manera demostrábamos, sin darnos cuenta, que los verdaderos ídolos eran nuestras familias.

Y tampoco nos dábamos cuenta de que ellos necesitaban de esa siesta, sagrada siesta, en la que los mayores recuperaban fuerzas después de las arduas tareas de la mañana apenas asomaba el sol. Sí, se levantaban muy temprano y la siesta se hacía necesaria para llegar menos cansados al final de la jornada.

Nunca oí, de niña, esa frase tan común ahora “estoy aburrida/o”  o “me acosté para acortar la tarde”.

De mi parte, sin reto alguno, sin tirón de orejas tampoco, en una de esas siestas (la última escapada) al salir para el encuentro “siestero”, vi que en el camioncito que tenía papá, por la puerta del chasis asomaban unos pies, calzados con zapatillas rotas y sucias. ¡Un croto!

Y corrí con tanto atropello hacia la “pieza”, que mis padres se despertaron y con voz entrecortada les conté. Y claro, era Don Gregorio, un vecino, que en su borrachera  prefirió dormir ahí ante que abrir la puerta de su rancho. El susto que me llevé sirvió. Nunca más me escapé…

Norma Morell ( Arroyo Dulce)

ENVIÁ TU COMENTARIO

Ingresá tu comentario
Por favor ingresá tu nombre aquí