Cuentos y relatos: La despensa de los abuelos

Cuentos y relatos

Hay que aceptar el cambio que hemos tenido en este mundo sorprendente. Ahora se necesita  viajar, conocer lugares bonitos para felicidad de nuestros ojos, nuevos aromas. Renovarse.

Pero para mí nada reemplaza al aroma de la despensa de mis abuelos. Con ellos viajábamos con la imaginación hacia un plato colorido y humeante en la mesa.

En esa despensa se reservaban las mercaderías que adquirían en una proporción más grande de la que se usaba diariamente, todas en frascos, ya que muy pocas cosas venían envasadas.

Harina, fideos, azúcar, yerba. Lo que más resaltaba era el aroma de las especias y ni qué hablar de los salames caseros. Recuerdo que detrás de la puerta, colgaban las “lonjas” de bacalao, infaltable en el reservorio de los catalanes tanto como las aceitunas y las anchoas en aceite.

Recuerdo que en unos frascos de vidrio guardaban caramelos porque seguramente que los domingos algunas de las visitas vendrían con chicos (para ansiedad mía, por temor a que se terminaran las golosinas). Aunque los chicos, no supe nunca por qué, tenían la costumbre de pedir pan. Cosa que mamá, cuando salíamos, siempre nos recomendaba: no toquen nada, saluden y no pidan pan.

No solo lo adquirido en el pueblo se guardaba en la despensa, también los frascos de higos en almíbar, lo más común, nueces. Recuerdo el enorme nogal detrás de la casa.

Zapallos, en un canasto de mimbre, las papas que se iban consumiendo día a día, porque la cantidad total de la cosecha estaba tapada con paja en un lugar cerca de la casa. Las conservas de tomates en botellas que antes contenían aceite, porque cuando compraban en lata mi abuela las usaba como maceta, al igual que las latas de “Flit”.

¡Tantas preguntas, de niña! Por ejemplo ¿por qué guardaban ramas de laurel y de otras hierbas, colgadas con las hojas hacia abajo? Si tenían las plantas, allí, cerquita, y las podían usar frescas.

Y ahora, adulta, me hago otra pregunta ¿por qué no lo hacemos ahora? Además de ser saludable para la mente y el bolsillo. ¡Claro!, el rey tiempo ¿será?  Pero  los recuerdo dan vida al presente… ¿y si probamos?

Norma Morell (Arroyo Dulce)

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