Cuentos y relatos: Killari

Como un remolino viajero, siempre estuvo en los comentarios de la gente, de una mujer que aliviaba penas, sinsabores, malestares físicos con distintas preparaciones .

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Como un remolino viajero, siempre estuvo en los comentarios de la gente, de una mujer que aliviaba penas, sinsabores, malestares físicos con distintas preparaciones de “yuyos” de fácil alcance para ella.

Decían que su fisonomía era muy agradable, de pícara sonrisa, ojos negros, que se guardaban al menor comentario de alabanza; tímida, muy delgada, de cabellos largos entrecanos con suaves ondas, que le daba un porte de mujer segura y fuerte, que vestía siempre con faldas largas de colores oscuros, contrastando con algún chal de color sobre su blusa blanca y transparente, una leve insinuación de su piel morena que ella dejaba destacar.

Ella vivía en el campo, en un ranchito rodeado de flores silvestres, con algunas piedras que marcaban el sendero hacia la entrada, un aljibe. Un árbol o dos, o tal vez más, rodeaban la pequeña y acogedora vivienda de “Killari”  que así se llamaba la mujer.

Vivía sola en la inmensidad del campo. Bueno, sola no, la acompañaban su perro y las aves que bien cómodas se sentían allí y nunca la abandonarían.

Decían que sus curaciones eran milagrosas y que de lugares muy lejanos la visitaban buscando sanación.

Ya estaba en los planes de Roque llegar hasta allí para mejorar una dolencia que lo aquejaba desde un largo tiempo. Un buen día tomo la decisión, y tras un largo viaje comenzó a buscar el rancho difícil de encontrar, pero lo consiguió.

Killari lo vio llegar y esperó que el visitante se presentara mientras ella siguió observando  las flores como si no hubiera notado la presencia del hombre. Al fin él se decide, y golpea las palmas suavemente, ella lo miró y fue rotunda, ¡qué le anda pasando! ¿Necesita de mis cuidados? (Directo al grano como dicen, una forma de guardar distancia).

¡Claro! Dijo Roque, y le explicó su dolencia. Ella le indicó que pasara y le alcanzó una silla vieja forrada en cuero de vaca, Ella fue hasta el fogón preparó una infusión y se la alcanzó para que la bebiera, luego se retiró al patio. Roque impaciente bebió, y titubeando tomó la silla y se sentó bajo la sombra de un árbol. Realmente estaba agotado; no podía volver rápidamente, necesitaba descansar un poco, el viaje había sido muy largo.

Killari lo observaba sin hablar. Pasada las dos horas ella le pidió que se retirara, había concluido con su trabajo. El no dejaba de admirar el lugar, el aire tan penetrante y agradable a la vez.

Ese campo era una suerte de paraíso, veía ondear los finos pastos hasta donde le daban los ojos, ella formaba parte de esa naturaleza tan genuina. Una mujer distinta. Realzaba su belleza en ese lugar. Al fin, Roque decide retornar, no quedaba otra opción, Killari lo despidió con una sonrisa muy medida y espontánea.

Cuando Roque llegó a la ciudad visitó a sus compañeros de trabajo que lo acosaban con preguntas, ¡qué decir en ese momento! En el agitado día de la ciudad llegó a la conclusión que su dolencia ya no era tal y también supo que no fue la infusión la causa, sino el agradable y penetrante aire que lo envolvió. Killari tenía el mismo aroma del campo, la misma paz y la misma belleza.

¿Cómo explicarlo?

                                                    Norma Morell